Prensa
Sobre "Literaturas indigentes y placeres bajos" de Reinaldo Laddaga
Por: Idelber Avelar
Fecha: 30/11/2001

Walter Benjamin usaba, con frecuencia el término ?constelación? para aludir a las agrupaciones que se forman a partir de una convergencia meramente temática, histórica o empírica, sino que toman cuerpo como un relámpago, epifánicamente, construyendo imágenes de parentescos subterráneos, no obvios pero decisivos, ineludibles, y más significativos históricamente que los construidos por la narrativa historiográfica. Haber concebido y diseñado la constelación compuesta por el uruguayo Felisberto Hernández, el cubano Virgilio Piñera, y el argentino Juan Rodolfo Wilcock, No es el menor de los méritos del libro de Reinaldo Laddaga. Sin ir más allá del gesto de constitución del corpus de LITERATURAS INDIGENTES Y PLACERES BAJOS, notamos la maleabilidad geográfica (la elección de escritores de áreas distintas del continente, aunque todos ellos impactados por, y en diálogo con cierta tradición híbrida, a menudo bilingüe, de las letras platenses), la heterodoxia historiográfica (la transgresión de la linealidad del recuerdo histórico, sin que se sugiere ninguna indiferencia del autor al problema de la historiografía literaria), y la intervención muy consciente en el canon (la preferencia por autores relativamente marginales, aunque de potencial ?contracanónico? variable: Felisberto es sin duda, el más canónico; Piñera es objeto de una atención que sólo ahora se acerca mínimamente a la merecida, y Wilcock es todavía un territorio enigmático inexplorado).

?En el recorte del objeto ya se juega todo el mérito del crítico?. No recuerdo a quién pertenece la frase, pero define el valor de este libro: el parentesco que arma va más allá del carácter lingüísticamente platense, históricamente transgresor y canónicamente renovador de los tres autores tratados. A partir de ellos Laddaga también articula una alternativa a cierto paradigma de ?plenitud? en la literatura latinoamericana, emblematizada, en el punto de vista del crítico, en la búsqueda de comunión, fusión y prosopopeya visible en autores tan distintos como Neruda, Carpentier, Paz, Cortázar o Asturias. Por oposición a dicha ?voluntad de comunidad? ?una voluntad de ?integrarse a una comunidad buena que esté...trascendentemente fundada? (p. 17)- las ficciones de Hernández, Piñera y Wilcock ponen en escena ?situaciones de lenguaje en que discursos más o menos conscientes declinan en la intrascendencia o, peor, en el balbuceo, arrebatos poéticos que se desvían hacia el ruido, iniciativas del relato o de poemas que se distraen en desarrollos erráticos? (p.27). Al diseño de este contracanon dedica Laddaga su introducción, donde se define el canon dominante a partir de la nostalgia comunitaria en Carpentier (búsqueda del lugar de consciencia del sujeto con la colectividad y el cosmos), la voluntad de prosopopeya en Neruda (hablar por los muertos, encarnar al otro), el logofonocentrismo de Asturias (la literatura como instrumento de preservación de la ?viva voz?), el antropocentrismo de Cortázar (la escritura como instrumento de reconciliación con la esencia humana y con la primacía del hombre), y el humanismo semi-religioso de Paz (la poesía como instancia de la palabra primera, divina, sin máscara). A este paradigma identitario se opondrían las literaturas bastardas de aquellos que, como Hernández, Piñera y Wilcock (a los cuales se podría agregar según el libro, autores como Clarice Lispector, Macedonio Fernández, Witold Gombrowicz), han tratado de pensar la literatura como lugar de desarticulación de identidades, suspensión de cualquier mecanismo identificatorio, frustración de cualquier voracidad por el desenlace, interrupción de toda transparencia lingüística, rechazo a la constitución de cualquier de cualquier cuerpo discusivo homogéneo.

En el primer capítulo, Laddaga se centra en Felisberto Hernández; no sólo en NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS, la notable colección de cuentos publicada en Buenos aires en 1947, sino también en relatos menos conocidos, como ?La cara de Ana? y ?Manos equivocadas?, además de fragmentos de ?tierras de la memoria?. Se trata de un mapeo de todo lo que en la práctica escritural de Hernández frustraría y subvertiría el paradigma identitario dominante en la ficción latinoamericana: ?una historia que permanece en estado larvario, un relato que se desvía por el ?antojo? de su narrador de concentrarse en la descripción de un fragmento incierto, un texto que resulta del deseo de ?desparramar? un pensamiento, en escritor que , radicalmente degradado, no consigue entrar en la vida de su cuento, un fragmento de lenguaje que se despliega en virtud de automatismos, un discurso que comienza por ser abandonado? (p. 38). Si estas son las imágenes que presiden la poética de Hernández en NADIE ENCENDÍA LAS LÁMPARAS (y el énfasis de Ladagga recae sobre ?LAS DOS HISTORIAS?, cuento clave para su argumento), la metáfora que resumiría tal poética la encuentra Ladagga en varios otros textos de Hernández, como ?TIERRAS DE LA MEMORIA?, el fragmento ?DIARIO DE UN SINVERGÜENZA? y ?LA CASA NUEVA?. La metáfora es la de los ?pensamientos descalzados?, pensamientos que no se dedican a establecer hipótesis, probarlas, y luego erigir edificios conceptuales que exorcizarían lo desconocidos, sino que ?difuminan las formas u oscurecen las identidades? (p. 63), haciendo incierta e inestable una ?región seccionada de las apariencias? (p. 63). Si hay algo que echar de menos en este capítulo, nos parece que sería un título que le hiciera justicia: el título ?Una Literatura sin vida?sugiere, además de una aspecto mortuorio ajeno el argumento de Ladagga, una sintaxis de la ausencia, un gesto crítico que define su objeto a partir de aquel que al objeto le falta ?y que, por tanto, se presupone como dado de antemano, aunque faltante. Este gesto reaparece, con más o menos recurrencia, en todo el argumento del libro. De una manera u otra de trata siempre de mapear la ausencia en estos autores, de los giros dominantes en la ficción latinoamericana, aunque tal ausencia está marcada positivamente, como un momento de transgresión o resistencia.

Al segunda capítulo, dedicado a Virgilio Piñera, Ladagga trae una importante reflexión sobre los años vividos por el escritor cubano en Buenos Aires, especialmente su actividad en el círculo que se congregaba alrededor de Grombrowicz y que produjo la versión castellana de FERDYDUKE. El análisis de Ladagga es convincente al señalar las convergencias léxicas, sintácticas y narrativas entre el singular idioma de FERDYDURKE y los textos de Piñera, escritos por esos años. El énfasis está puesto sobre lo que podríamos llamar un ?arte de la segmentación?: una concepción del cuerpo no como totalidad orgánica, sino como una colección siempre inestable de piezas, que en todo momento amenazan con transformarse en objetos autónomos, microautómatas permanentemente acosados por una fuerza exterior, a menudo emblematizada para Piñera en su risa incontrolable y aparentemente arbitraria. Además del poder desestabilizador de la risa, Ladagga también estudia dos componentes fundamentales del arte de Piñera: su teoría de la (anti)comunidad, su rechazo a las comunidades reflexivas, dialógicas, a favor de una comunidad fundada en la risa, en el cuerpo, en el contacto y no en la comunión, y su vaciamiento de la tensión narrativa. En cuanto a éste, la técnica consistiría en construir una expectativa, una tensión, un llamado a la elocuencia, para luego frustrarlo con una caída en lo absolutamente banal y superficial. El problema de la ?superficie? es clave tanto en Hernández como en Piñera, y el análisis de Ladagga tiene el mérito de sacar a la luz todas sus consecuencias narrativas.

El tercer y último capítulo del libro lee la obra de un escritor aún más ?maldito? que los dos primeros: el argentino Juan Rodolfo Wilcock. Ladagga ofrece una valiosa información biográfica, desde sus colaboraciones en Sur en los años 40, su actividad como traductor (Kafka, Joyce, Rimbaud, Eliot), su salida de Buenos Aires (para la cordillera de los Andes, luego Inglaterra e Italia), y finalmente su abandono de la lengua castellana por el italiano a partir de los años ?50. El foco central del capítulo es la única obra en castellano posterior a 1953, la colección de prosas EL CAOS.

La singularidad de la cuentística de Wilcock es localizada por Ladagga en el desenlace de sus relatos, en contraste con los de Borges y Cortázar. Éstos a menudo defendieron un arte de la ?unidad, de la simplicidad y la nitidez? (p. 129), en el desenlace de sus relatos deja algo aludido, sugerido, imaginado y nunca dicho explícitamente. A esta poética de la elegancia sugestiva, Wilcock responde con un arte de Ladagga caracterizada como de la ?intrascendencia?, un arte poblado de descripciones, de cuerpos despedazados, materias inertes, flagelos, inmanencias que un lector formado en las escuelas borgeana y cortazariana calificaría como de ?mal gusto?.

Como acotación al diálogo que este libro seguramente generará, habría que señalar que, como suele pasar con los argumentos armados a partir de una oposición a un canon percibido como dominante, quizás el antagonismo sea menos tajante de lo que parece. ¡Cuán diferente de la ?comunión armónica? del protagonista carpentieriano, sería ?la resaca universal? de Piñera? (p. 78). ¿Cuán distinto del arte de la sugerencia de Cortázar, serían las evasivas narrativas de Felisberto?. Quizás una revisión futura fijará una mayor continuidad entre el canon y el contra canon de lo que sugiere Laddaga. Pero es propio de todo gesto crítico innovador recurrir a la hipérbole y trazar antagonismos que, aunque forzados, permiten inventar otro mapa. Abrir la posibilidad de este otro mapa de la literatura latinoamericana es, creo, el gran mérito de LITERATURAS INDIGENTES Y PLACERES BAJOS.

Tomado de Revista Hispanoamericana, año XXX, nº 90, 2001.
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